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El trabajo de Atomictoy es sensacional: extrae todo componente emocional de los videojuegos, aplicándoles un barniz pictórico que deja de lado píxeles, polígonos y colores metálicos. Todo es plástica cálida en sus rendiciones de héroes interactivos, pero además, les concede un gesto de perplejidad que les dota de una nueva dimensión: como sabiendo que una fuerza desconocida está controlando sus pasos, los héroes de Atomictoy, congelado su movimiento, parecen estar pensando en el objeto de sus acciones. No es raro que los protagonistas de la mayoría de sus obras sean mudos o extremadamente lacónicos: quejarse tampoco iba a servir de nada.