Voy a dejar el tema más obvio bien clarito desde el principio, para que luego no digan que me voy por las ramas o que intento venderles una moto que maldita sea la falta que me hace colocarla: Dead or Alive es una película basada en un videojuego de lucha cuyo principal reclamo son contrincantes bien dotadas y que tiene, incluso, un agradecido spin-off consistente en pasar semanas en una isla paradisiaca tostando a las criaturas al sol y enfrentándolas en partidos de voley-playa. Si entran al cine buscando algo más que hostias y tetas (y podríamos discutir si eso no son elementos más importantes que el guión o la interpretación para crear una buena película, pero este no es el lugar ni el momento) y salen decepcionados porque Dead or Alive es, en definitiva, sólo un montón de hostias y un montón de tetas, ustedes, con todos mis respetos, son imbéciles.
Que quede claro desde el principio. Ustedes están en su derecho de buscar cosas en las películas más allá de curvas y contundencia, pero a mí dejen de darme la brasa: por lo que a mí respecta, pedirle a Dead or Alive más de lo que honestamente ofrece desde mucho antes de que se escribiera la primera línea de su guión, no encontrarlo y ofenderse, es como salir del cine hecho una furia porque en Cars los coches no follan entre ellos. Es una pérdida de energía para el que se cabrea y para el que le aguanta. Así que enfoquemos nuestras fuerzas en actividades más constructivas.
Otra cuestión muy distinta es que Dead or Alive, planteada como una película de tetas y hostias, una vez cumplida de sobra su promesa inicial, y satisfechos los deseos de quienes, efectivamente, sólo buscábamos turgencia y frenesí, ofrezca unas cuantas cosas más. Y muy interesantes.

Me sorprendió encontrar en DOA una especie de continuación de la ingenua pero demoledora honestidad de la primera película basada en Mortal Kombat. No puedo justificar de forma demasiado racional por qué me gusta tanto esa película, pero supongo que los tiros van por aquí: el género de lucha es quizás el equivalente en los videojuegos de lo que es el género superheroico en los comics. Un modo narrativo que sólo existe en ese medio. Acelerando hasta un extremo asfixiante la regla del planteamiento, el nudo y el desenlace que tanto por culo ha dado en la literatura y el cine, los juegos de lucha ofrecen ese planteamiento, nudo y desenlace en píldoras de unos dos minutos, en espectáculos de violencia acelerada que, además, gestionan su historia únicamente a base de golpes. Planteamiento, nudo y desenlace, y un ganador. Que se enfrenta a otro planteamiento, nudo y desenlace, y otro ganador. Es una forma narrativa que sólo existe en los videojuegos y que solo un insensato intentaría traducir a otro medio, el cine, en el que el planteamiento, el nudo y el desenlace debe estirarse hasta media hora. Mortal Kombat, a diferencia de la mucho más churrigueresca pero menos lograda en este sentido Street Fighter, es una producción extremadamente valiente en ese sentido: reproduce el mecanismo narrativo de las pequeñas píldoras de los videojuegos de lucha, cada una con su pequeña historia construida con ultraviolencia, y la ubica una al lado de otra, hasta llegar a la hora y media de rigor. A Mortal Kombat se le podrán echar muchas cosas en cara (y mientras los periodistas de videojuegos sigamos despistados a la hora de analizar las peculiaridades narrativas de cada medio, serán cosas sin ningún valor), pero nadie puede negar al film de Paul Anderson una casi vanguardista intención de respetar los modos y costumbres únicos con los que se cuentan historias en los videojuegos.
Dead or Alive se atreve a dar un paso más en esta extravagante dirección, llevando a la enésima potencia esta estructura de película de artes marciales sin aditamentos narrativos: en DOA sólo hay gente peleándose. Una y otra vez. Se nos presenta a las protagonistas con combates individuales, se las transporta en una isla y se pelean. Sin parar. Las píldoras de acción fugaz que conforman los videojuegos de lucha se convierten aquí en la dialéctica lineal de la película, poblada por personajes que, sencillamente, no pueden expresarse de otro modo que no sea a hostias. Con un tono jovial y descerebrado, los conflictos de celos, desengaños, enamoramientos y malentendidos se plantean y culminan sobre el ring, en peleas (por otra parte) impecablemente coreografiadas y ejecutadas. Entiendo, en el fondo, a quien sale refunfuñando desconcertado del cine: su estilo arrebatadoramente colorista, su necio y contagioso optimismo hace que cualquier queja acerca de DOA te haga parecer de inmediato un mandril amargado y menopáusico.
Y eso no es todo: DOA se atreve incluso a observar con atención y bastante agudeza la estructura de los videojuegos de lucha, y los replica con una meticulosidad muy ingeniosa. Los fans de los juegos original verán tridimensionalizados no solo trajes y poses de los personajes del juego (benditos sean), sino ese simpar gusto por la destrucción de decorados, ese empleo del entorno como arma implacable que escupe polvo y piedra con cada golpe, esos patadones ridículamente extáticos –obra sólo posible gracias al aplicado estudio del infravalorado arte del combo kilométrico-, esas clasificaciones de ganadores y perdedores en esquemáticos árboles de nombres que van desapareciendo uno a uno, esa estructura dde desafíos, honor entre luchadores y combates improvisados… ese mundo de comportamiento artificial que es el género de lucha por asaltos, en fin. DOA comparte también el gusto por la mirada indiscreta de cualquier videojuego, pero que aquí obtiene una peculiar justificación argumental: el villano de la película graba a los luchadores para más adelannte replicar sus movimientos. Las invisibles cámaras de los videojuegos, las que giran con impecable y robótica suavidad para dar profundidad y fluidez a los combates se convierten aquí en espías de movimientos y en cuarta trampa dialéctica consecutiva para que yo me vaya por las ramas y me aleje del punto inicial con el que arrancaba este post.
Dead or Alive. Tetas. Hostias. Ustedes verán cuáles son sus prioridades en esta vida.
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