Una de las posibles y muy evidentes razones de mi repentino (y, reconozcámoslo: ciego) entusiasmo por el mando de Wii puede estar en mi reencuentro, tras un tiempo alejado de los benamis, con los juegos que exigen una interacción más física con el mando de la consola. El responsable, no lo dudo ni medio segundo, es el que para mí se ha revelado como el juego del año (pongan el arranque de ese año en el punto que deseen). No admito discusiones sobre mi criterio en este punto: Guitar Hero es el juego más inmersivo, hipnótico y, sí, divertido, que he probado en muchos meses.
Originalidad la justa: la mecánica de los juegos de baile es replicada con exactitud prusiana, pero sustituyendo el componente intuitivo que tienen muchos de los de baile o derivados como los Parappa o el propio y soseras Guitar Freaks por una prueba única y exclusiva de ritmo y reflejos. Ante nosotros, en pantalla, una pista por la que descienden teclas que hay que pulsar en el mástil del controlador-guitarra (una ultracool réplica en plástico de una Gibson SG) al mismo tiempo que pellizcamos una pestaña que hace las veces de cuerdas. Un puntual uso del trémolo multiplicará la puntuación y wawawizará el sonido. Nada revolucionario, aunque funciona perfectamente: el jugador no solo es consciente de que la endiablada dificultad del juego es superable con algo de tenacidad, sino que desde el primer acorde descubre que el principal enemigo es su propia torpeza. Si no obtiene mejores resultados se debe a su habilidad o falta de ella, no a que el juego le esté puteando. Así debería ser con todos los juegos rítmicos.
Lo realmente novedoso de Guitar Hero es que ha sido hecho con AMOR. Con AMOR por el rock, por las greñas, por el griterío y por la mitología de estadios llenos de adolescentes, por los sótanos mugrientos, por los gloriosos conciertos multitudinarios en festivales de temática ridícula, por las groupies cachondas, por la sordera juvenil, por los amplificadores que alcanzan el nivel 11 de volumen (que es más que 10), por los baterías mostrencos y por los bajistas flipados. Guitar Hero es una oda a una forma de vida que es pose en estado puro, pero que muchos envidiamos desde nuestra lamentable posición de oficinistas a sueldo: esta obrita maestra permite, con facilidad pasmosa, que nos situemos sobre un escenario e interpretemos clásicos clavados a los originales (poca broma: Bad Religion, Motörhead, Ramones, Donnas, Sum 41, Ozzy Osbourne o David Bowie entre los más afines a mi paladar, aunque la profusión de titanacos del metal es lógica). Posiblemente el logro más contundente del juego es el de aplicar técnicas reales de guitarra al mecanismo del juego: en algunas del nivel normal (las más punks) y algunas del difícil (las más jevis), los movimientos de la mano izquierda y acompañamientos de la derecha son idénticos a los de las canciones originales. En el modo extremo, todas las canciones son más difíciles que los originales, y eso que estamos hablando de Jimi Hendrix y otros titanes del mástil. En cualquier caso, pocas veces se ha llegado a un grado tan extremo de confusión entre simulación (que todos tienen en un grado mayor o menor) y mímesis… por supuesto, el mando del Guitar Hero no es una guitarra de verdad, pero para quienes hemos palpado una y hemos tanteado un puñado de trastes, la experiencia es vívida hasta un punto ciertamente cautivador. Esta entrega de God Mode da en el clavo de lleno: no es la música. Es la mítica lo que Guitar Hero simula con implacable contundencia.
El hecho de que técnicamente el juego sea impecable sólo refuerza unos valores que nos tenían ganados desde el primer acorde. Detalles que demuestran el cerebro con el que está planteado este simulador de estrellaza del rocanrol, como las frases que abrillantan las pantallas de carga (“Concédele a tu batería un “solo extendido” únicamente si tienes mucha necesidad de ir al baño”)… decorando un amplificador capaz de llegar hasta el grado once de volumen. Que, como decía antes, es uno más que diez.
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