Es curioso todo esto, ¿eh? Puñeta, nos tiramos semanas, meses, años (pronto cumplimos dos, ¿se lo pueden creer?) hablando de jugabilidades, de originalidad. Hemos gastado más saliva de la terapéuticamente recomendable en denunciar los vicios de la industria y las maldades de la prensa. Vaya, hasta hemos creado dos Escuelas Perpendiculares De Pensamiento Lúdico-Electrónico. Y luego todo acaba siendo más sencillo que todo eso.
Tan sencillo como el Wipeout Pure para la PSP, que me tiene enganchado como un imbécil a la portátil desde hace trece días. Independientemente de la disparatada capacidad tecnica de la consolita, lo de que no se atranque, los colorines, el pantallón, en fin, todo eso que ya se saben, Wipeout Pure me ha devuelto a lo que realmente importa de los videojuegos: parir emociones. Lo que más fascinado me ha dejado del jueguecillo ha sido la asombrosísima y muy estudiada progresión de la dificultad que han conseguido sus programadores. Una vez superadas las fases fáciles, el proceso es el siguiente: te enfrentas a una nueva pista, quedas el último o el penúltimo, sigues intentándolo, vas asimilando las características de la pista de forma intuitiva, pruebas con naves que siempre van mejor que la anterior, y siempre logras mejores tiempos. Es más sencillo atrancarse en pistas más rápidas, obviamente, pero al menos el juego no lleva a la famosa crisis de los diez minutos, ni a la de las tres horas ni a las de las diez horas. Tengo la sensación de que cada vez conduzco mejor (aunque sea falsa: una vez aprendes a controlar los frenos laterales por separado, poco más hay que aprender, más allá de afinar los reflejos), y he pasado de las quince horas de juego. En efecto, no les salen las cuentas: con quince horas ya me tenía que haber pulido el juego. Pues sí… pero no. Como saben, soy extremadamente torpe, y mi progresión es lentísima, pero la sensación de que cada vez lo hago mejor, y de que siempre estoy en un tris de lograr el oro en esa pista que se me atranca es real. Aunque también sea falsa.
Quizás a eso se refiera el caduco y quimérico concepto de la “Adictividad”: a si el juego logra comerte la polla con la suficiente convicción.
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