eunice lleva desde mediados de la semana pasada enganchada al bello Vanilla, un juego de reflejos y habilidad que les recomiendo sin el menor asomo de duda. Dedos ágiles, vista de lince y precisión mayúscula con el ratón es todo lo que necesitan para construir torres de bonsais cornudos que resistan el envite de su propio crecimiento. Simplemente, cliquen en el arbolito que se vaya iluminando en un punto lo más centrado posible, porque como pueden ver, si no les impulsan desde un punto dentrado, la torre se bamboleará. O como resume la señorita szpillman, “rapidez más punteria más nervios xq son muy monos, igual a muedte segura”.
eunice tiene un criterio bastante respetable para cuestiones estéticas muy diversas. Le cae gordo Sonic, que en circunstancias normales supone una caída en picado en mi pirámide de valores, más que nada porque lleva implícito despreciar la machinería del Dr. Robotnik, pero se le perdona porque parece ser cosa de una adolescencia mal enfocada, y no podemos culparla. Hace un par de días, en casa de Lindyhomer, ojeó arqueando las cejas el último número de la Retro Gamer, que andaba dando tumbos por las inmediaciones de mi equipaje. Yo estoy suscrito a Retro Gamer, lo digo sin ningún reparo, y también confieso que no es la revista de mi vida. Embutida en ese cómodo corsé que proporciona la variante más acrítica de la nostalgia, Retro Gamer es, por encima del consabido runrun de “Antes sí que se hacían juegos de verdad”, una avalacha de información muy interesante (si a uno le interesan esas cosas, claro): los articulos ocupan por lo general tres o cuatro páginas, con letra muy apretada, y sobre temas que sólo se pueden leer en revistas de talante ultra especializado: historia de Delta 4, entrevista con Paul Drury, reportaje sobre la escena retro en Rusia (uéeeeeee), extensa retrospectiva sobre el Kick Off y sus secuelas… Después de un rápido vistazo y de fijarse más, como no, en lo gráfico que en lo escrito, eunice levantó la ceja y me dijo: “Pe… pe… pero si han repasado todos los iconos de lo retro. ¿Qué sentido tiene suscribirse? Si con un número tienes bastante” A pesar de lo obvio de la exageración, no le falta razón: en la misma revista, por unas razones u otras, no faltan referencias (e imágenes, sobre todo imágenes superpixeladas) del Robotron, el Pac-Man, el Defender, un Tapper por aquí, un Monkey Island por allá, un Street Fighter para que estén casi todos y un señor Mario en portada, justo debajo de un joystick que pasa a engrosar la larga lista de pads tochos, tecladitos, unidades de disco y todo tipo de periféricos de plástico recio que salpican las páginas de la revista. Arqueando ahora yo el cejismo, me percaté de que mi relación estética con el retro es como la que tengo con la pornografía.
Mi fascinación por los videojuegos rancios, la estética caducada, es en el fondo tan sudorosa e irracional como la del que escarba en montones de revistas de tacto viscoso buscando una foto que le ponga a tono. Variaciones de la misma nota, distintos enfoques para un mismo propósito, como quien compra porno compulsivamente, me da igual tener archivadas cientos de fotos distintas (entrecomillemos “distintas”) de Pac-Man. Porque siempre necesito más. Como el consumidor compulsivo de pornografía con las múltiples rotaciones sobre el mismo vórtex, sé que aunque el laberinto sea siempre el mismo, aunque las posiciones que pueden tomar los fantasmas y su némesis amarilla sean limitadas y obedezcan a unos códigos estéticos y situacionales muy ajustados, cada foto es un mundo, y cada imagen (idéntica a las trescientas quince que le precedieron), una avalancha de sensaciones. Suscribirse a Retro Gamer, y dado el valor endogámico y muy para arqueólogos de lo impráctico de sus textos, tiene en cierto sentido el mismo valor que suscribirse a la Edad Legal. Siempre va a ser lo mismo, los mismos nombres propios, los mismos nombres comunes, los mismos guiños recurrentes, los mismos estímulos para hacernos salivar (esa mención esquinada a Ultimate, esos susurros acerca de alguna combinación de teclas que proporciona vidas infinitas en el Strider, ese no por esperado menos contundente “Nadie superará nunca al R-Type. Nadie”). El nivel de sorpresa es cero, pero ¿a que mola encontrarse periódicamente la acostumbrada ración de rodillas, tobillos flexionados, lenguas untuosas, morros en forma de uve doble, fisonomías breves y colores pastel en las sábanas de alguna falsa habitación decorada con posters de segunda mano de George Michael? Pues lo mismo.
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