Leo una entrevista en Edge (que, por cierto, ahora tienen un estupendo blog: visítenlo) con Terry Grantham, presidente de Telegames, compañía especializada en la venta de videojuegos añejos. Afirma en ella que hay un interés en lo retro que se repite cíclicamente dentro de la industria. “Después de que un sistema deje de fabricarse, lleva entre 18 y 26 meses que se renueve el interés por una máquina”. Según él, tiene que ver con el tiempo que tardan en comenzar a venderse juegos para ese sistema procedentes de otras vías que no sean restos de almacén en las tiendas y distribuidoras, y el tiempo que tarda ese sistema en dejar de estar disponible por los canales de venta habituales.
Por muy discutibles que sean estas declaraciones, que lo son (se me ocurre, a bote pronto, la Dreamcast como un sistema caduco que se saltó esta regla), me fascina la naturaleza de las mismas. Es decir, esa forma de plantear la nostalgia y la retromanía como una especie de sentimiento colectivo que sólo precisa un clic para desencadenarse, y que puede venir dado por el vencimiento de un periodo de tiempo preciso o por un hecho concreto. Grantham propone una mezcla de ambos, aparentemente muy pensada, pero si yo fuera él atendería también a las variables emocionales que nos vinculan a los elementos del pasado. Sin embargo, no puedo dejar de pensar en ese clic, en ese momento en el que uno está jugando con la Playstation, y poco a poco la va dejando, sustituyéndola por la Playstation 2. Un día, un juego poco cuidado o con detalles que recuerdan al pasado hace su aparición, y no podemos evitar pensar “Es taaaaan playstation”. Y en ese momento, la penúltima consola de Sony pasa a formar parte del Panteón de los Clásicos.
Es que ya son diez años, ¿saben? Aunque todavía se fabrican. Lo que yo les diga: un clic completamente imprevisible.
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