Leía en la Games™ el otro día que hay gran regocio y ambiente festivo en La Industria. La causa, como no, el frenético crecimiento del mercado videojueguil, que dejando aparte guerras intestinas en Mondo Pixel por un quítame allá esas cifras, lo que está claro es que engorda mucho. Y rápido. Se preguntaban en la revista hasta qué punto este crecimiento va a beneficiar a los auténticos jugones. Una vez que la Playstation se ha convertido en un electrodoméstico de ocio tan común como la televisión o la radio, ¿en qué medida va esta masificación a poner el freno a la innovación de los juegos? El otro día comentábamos si hacerse tatuajes o que nuestro personaje engorde es innovación suficiente para considerar a un juego suficientemente arriesgado (otra cuestión es que el San Andreas posea otros rasgos distintivos aparte de estos, que los tiene). Lo que no dudo, y permítanme que me ponga pesimista y pelín elitista, es que la masa frena la evolución del arte y la comunicación. Con sus protestas, con sus peros, esto es lógica de manual para psicólogos principiantes: las masas son conservadoras por definición. Si no lo fueran, cada vez que media docena de personas tuvieran una opinión común, se convertirían en turbamulta revolucionaria. ¿Hasta qué punto hacen daño a los que llevamos años jugando y queremos que los juegos evolucionen en algún sentido, productos tan sencillos y masificados como el EyeToy o el Singstar, tan creados con la intención de gustar tanto a la abuela como al niño? Mmmm… de esto ya hemos hablado, ¿no? Bueno, da igual: llegará un momento en el que cada PS2 llevará incorporada una camarita, y en el que proyectos como la PSX ésta multimedia nipona y suma y sigue de todos los electrodomésticos del salón comedor estarán a la orden del día.¿Debemos alegrarnos o echarnos a temblar cada vez que nos hablen de la expansión del mercado videojueguil?
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