Me encuentro en Harmony House un link a una muy curiosa web, Who To Kill?, que propone un sencillísimo juego interactivo que me veo obligado a traer hasta aquí dada la desnudez de su funcionamiento y, sin embargo, rabioso magnetismo. Una vez logueados, comienza la masacre: se nos da a elegir entre dos personajes escogidos al azar. Pueden ser reales o ficticios, dibujos animados o de carne y hueso, no necesariamente odiosos, no necesariamente adorables. Aragorn, una gaviota, Jean-Paul-Sartre, Sonic, Brooke Shields, la XBOX, ABBA… Dos conceptos o personajes al azar, y hay que matar a uno de ellos. Instantáneamente, aparecen otras dos posibles víctimas. Las cualidades del jueguecillo se disparan con un par sencillas mejoras: cualquiera puede proponer nuevas víctimas potenciales, subiendo una imagen y endosándole una categoría. Además, los combates librados pasan a engrosar unas estadísticas en las que podremos comprobar quiénes son los asesinables más odiados, los más queridos, los participantes más sangrientos, y un largo etcétera de entretenimiento mórbido e inofensivo.
Parece sólo otro entretenimiento efímero y sin sustancia de los que nos asaltan cada dos por tres en esta era internáutica que nos ha tocado padecer, ¿eh? Para nada. Primero, la mecánica casi inmediata de eliminación y nueva propuesta de duelo a muerte convierte al jugador en una máquina de matar casi intuitiva, aproximándose éste en cada partida, tras unos pocos minutos, a lo que lo que los anglosajones llaman The zone, es decir, lo ese estado ciego e intuitivo en el que el raciocinio casi se reduce a cero y que los adictos a los matamarcianos conocen perfectamente. Segundo, es asombroso cómo, por mucho que los moralistas pataleen, la posibilidad de matar virtualmente, sin implicaciones morales ni, por descontado, riesgos para la seguridad del asesino, sigue formando parte indisoluble de la columna vertebral de los videojuegos. La posibilidad de incluir en la lista de asesinables a iconos o personajes (amén de personas anónimas, todo está permitido por aquí) que resulten más cercanos para el jugador que un simple puñado de pixels da un inquietante giro perverso a la mecánica del juego. Tercero, la posibilidad de que se repita un duelo es prácticamente imposible, pero no que se repita un contendiente, con lo que es posible aupar a algún ídolo ridículo (mascotas de Kellogg’s, osos amorosos, la Sirenita de Disney) a lo más alto del podio a base de votaciones incesantes. Lo azaroso de los enfrentamientos hace que muchos de ellos tengan un delirante tono surreal (de todos los que me han salido a mí, mi favorito es She-Ra contra Ludwig Van Beethoven). Un surrealismo (lindante con lo dadá a veces) completamente intencionado, pero impredecible en toda su grandeza por los creadores de la web, ya que día a día son los usuarios los que añaden nuevos luchadores y multiplican las posibilidades de que los combates sean más y más estrafalarios. Y cuando un juego supera de esa manera las espectativas de sus creadores, se debe a que estamos ante algo muy grande…
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