Este artículo sobre la aparentemente absurda conversión del mítico Double Dragon al casi ignoto sistema Atari 7800 demuestra dos cosas: primero, que no existen los temas intrascendentes, sino los artículos aburridos; segundo, que lo que hace un juego funcione depende siempre de las intenciones y naturaleza de ese juego.
Me explico. Es estúpido puntuar o poner estrellitas siempre a los mismos aspectos de todos los títulos con los que nos topamos (gráficos, adicción, sonido) cuando dependiendo no ya del genero, sino del propio mecanismo y desarrollo de un título, aspectos muy puntuales que conforman un juego pueden suponer la diferencia entre un título revolucionario o un morrocotudo fracaso. En este artículo, como decíamos, Mark Wiesner Jr. habla de la conversión de la conocida máquina de arcade a una consola coetánea a las que se estaban comiendo el mercado por aquel entonces: la NES y la Master System. Como se puede ver por las pantallas de las tres versiones, es la que estéticamente resulta más pobre.
Wiesner Jr., sin embargo, se va a la raíz del problema, y apunta con muy buen juicio que las apariencias engañan. La versión para Atari 7800 es muy buena, primero básicamente porque el sistema de detección de colisiones está muy bien implementado. Lo cual resulta fundamental en un juego de lucha. Segundo, el juego permite la participación de dos jugadores simultáneamente, como en la máquina original, algo que no permite, por ejemplo, la versión de NES. En tercer lugar, los enemigos son agresivos, inteligentes y duros de pelar. La dificultad está tan bien ajustada como en el arcade original.
Es decir, hay que encaminarse a la misma base del análisis: Double Dragon es un arcade de lucha. Lo importante es que sea adictivo (dificultad progresiva de los enemigos bien ajustada), divertido (posibilidad de dos jugadores) y con las limitaciones técnicas enfocadas en la dirección correcta (especial cuidado en un tema como la detección de colisiones). Cualquier otra cuestión (gráficos, sonido) es secundaria en un juego de este género, sobre todo si, como es el caso, el sistema impone economizar determinados recursos.
Ah, el enfoque, el enfoque…
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