Yo no sé qué pensarán ustedes de los tamagotchis. Yo, poca cosa. Conocí a un par de adictos al bicho, pero a mí me pilló en una edad que tenía otras cosas en la cabeza. Y ninguna buena. Lo que sí que estoy dispuesto a discutir es si un tamagotchi es un videojuego o no. Mi respuesta está clara: sí lo es, en la misma medida en que lo es una hand-held o una Gameboy. La cosa es que se avecina un Tamagotchi Plus, y no ha podido dejar de llamarme la atención poderosamente. La novedad es que lo que antes era un bebé extraterrestre indefenso, que comía y lloraba, y había que limpiarle el culo, ahora es todo un bicharraco virtual que crecerá, sentirá pulsiones sexuales, chateará vía infrarrojos con otros tamagotchis, se enamorará y se reproducirá.
Es curioso, digo, cómo la mejora en la tecnología lleva a una mayor complejidad del ciclo vital emulado, el humano (porque cagar o comer es propio de pollos y pingüínos, pero pelar la pava y chatear…). Es como comparar aquel proto-Sims que era el Little Computer People para Commodore con las últimas expansiones de “El juego de la gente virtual, tan aburrido como la vida real”, como decía mi amigo Liebre Marcera. Es la historia de siempre: con más medios, nos olvidamos de lo esencial. Que todo empezó limpiándole la mierda a un llavero.
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