Supongo que el feliz 2004 me toca entonarlo a mí. Ahí queda eso: con que durante el susodicho llevemos a buen puerto una mínima parte de los proyectos que hemos parido en el 2003, ya nos damos por satisfechos.
Tomemos fuerzas para el año que se nos avecina con una curiosidad que el otro día encontré en una historia de los videojuegos: el mítico Galaga fue, oficialmente (¿alguien puede rebatirlo oficiosamente?), el primer videojuego que calculaba el porcentaje de perfección de las partidas jugadas. Es decir, mostraba al final de cada partida los disparos efectuados, los que habian hecho blanco y el porcentaje de acierto, que en shoot’em’ups como estos, aún sencillo y sin power-ups que arrasaran la pantalla, solía andar para el jugador medio algo por encima del cincuenta por ciento. Uno de cada dos disparos.
Bien, fíjense en este curioso truco: algunos jugadores comenzaban la partida con un estudiadísimo movimiento que, con un solo disparo, eliminaba dos naves enemigas cuando se cruzaban ante él. Luego, se dejaban matar. La partida era ridículamnte breve, pero el porcentaje de aciertos era espectacular: doscientos por ciento. Pluscuamperfecto. La maquina no controlaba la duración de la partida jugada, así que ahí quedaba eso para los restos. No creo que se ligara mucho así, pero si un amigo mío hubiera hecho semejante proeza, le habría idolatrado hasta el infinito: primero por su innegable habilidad, y segundo por la envidia que me produciría su alegria a la hora de gastarse los cuartos.
El caso es que el tema de la Partida Perfecta, de la que ya hablaremos con calma, me fascina. Como a cualquier adicto, supongo. En el caso del Pac-Man, por ejemplo, ya sabrán que las partidas perfectas con un solo crédito hicieron florecer todo un pateón de míticos pajeros alrededor del mítico juego. Wen Kroy me recordaba el otro día que tengo que buscar por Internet esos fascinantes vídeos de partidas de Super Mario Bros. reventados en ocho minutos, del Doom quebrado en diez… ¿Y saben? Esas partidas del 200% en el Galaga, para mí son partidas perfectas, mientras que para otros posiblemente no pasen de Anécdota Pajera o de Tontería Supina. No se aprovecha de errores de programación, no lleva a cabo trucos baratos que propinen vidas infinitas sin esfuerzo previo… simplemente, pone en marcha el ingenio humano para tomarle el pelo a la máquina y sacar partido dela ridicula inflexibilidad matemática de esta. En un mundo tan árido como el de los primeros arcades, donde las partidas duraban bien hasta el infinito, bien hasta la extenuación y el desespero del jugador, este simpático truco es todo un oasis. Un Pixel Perfect.
Lee los comentarios en MondoPixel Classic