Bueno, pasemos a los palos. Qué difícil, pero qué difícil me está resultando encontrar páginas, revistas, lo que sea, que hablen de la N-Gage como lo que es: un inmenso bluff. Fatal me parece que todas las páginas más o menos grandes, más o menos influyentes, más o menos responsables de lo que se cuece en el mundo de los videojuegos en Internet se hayan postrado ante el caro juguetito de Nokia. Todos han abierto una seccioncita dedicada a la N-Gage, a pesar de la bajísima calidad de sus juegos. Posiblemente es mi devoción por la GP32 (cuya salida en Europa vuelve a verse retrasada… ¡demonios!) la que me hace tratar así al portátil lúdico de Nokia, pero no me creo, sencillamente NO ME CREO que yo sea el único que ve ahí un trasto que no ha sido diseñado pensando en el jugador. En unas manos más o menos grandes, la N-Gage se queda en un mero chiste; la pantalla es minúscula; la disposición de los botones es, siendo generosos, azarosa; el catálogo de juegos es de auténtica risa; y experimento un escalofrío cuando veo cosas como la versión N-Gage del Tomb Raider, que me recuerda a los primeros esfuerzos poligonales de la Playstation, aquellos que hacían pensar “Tierra trágame y devuélveme mi MegaDrive de paso”. No lo digan: la Playstation acabó convirtiéndose en algo grande. Pero reconozcámoslo: hasta la Gameboy Advance y sus moralmente injustificables exploits de la nostalgia ajena (he pecado, lo reconozco) tenían una chispa, algo, un colorido, un mínimo de amor propio del que carece la N-Gage.
No me pregunten por qué me parece un artefacto antipático y gris de forma tan visceral. Tampoco me pregunten de cuántos ceros son los cheques que Nokia habrá tenido que extender a los medios de costumbre. No sé nada. Bueno, sí sé que me apetece organizar una porra: yo le doy de vida útil hasta las navidades del 2004. Hagan sus apuestas.
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