Aún no sé si es bueno para mí o para la industria del videojuego. Si soy un arqueólogo de la añoranza cada vez que moqueo con algún tecno-autor demente al que se le ocurre samplear el awk-awk-awk de Pac-Man, o simplemente mi nostalgia es un reflejo mecánico y pauloviano, una herida abierta por los ochenta que no se va a curar ni con una sobredosis de Manic Miner. Es más, la sobredosis de Manic Miner lo empeora.
Asumámoslo: la industria del videojuego está forjada en gran parte basándose en la nostalgia. Los grandes capos de Nintendo, de Konami, de Sega, de Sony, todos saben que una buena parte de los jugadores (y, proporcionalmente, los que más efectivo dedican a la compra de títulos) van de los veinticinco a los treinta y cinco años. La edad ideal (económicamente hablando). Aún no tienen la cabeza llena de hipotecas, fondos de pensiones y matrículas de los retoños, y miran al pasado recordando tardes llenas de dig-dugs, galaxians y gráficos vectoriales. Más aún, los hay que miran al pasado recordando tardes no ya de pan con Nocilla, sino de Fritos con Coca-Cola, y horas muertas frente a juegos algo más sofisticados: los Castlevanias, los primeros Street Fighter, el Strider de las narices… Estoy convencido de que cuando el cine o el rock´n´roll (no hablemos ya de la literatura, que bien es cierto que se rige -se regía, más bien- por arcos temporales algo más holgados) llevaban veinte años escasos de historia, no tenían la memoria histórica que tienen los videojuegos. Sí, es cierto, más de las mitad de la producción de los primeros años de rock eran versiones de éxitos de la temporada pasada, fritangas en formato single, pero eso eran operaciones comerciales más o menos veladas y, básicamente, vender una y otra vez el mismo perro con distinto collar. Los videojuegos son distintos: incluír una opción para jugar a una versión casi calcada del Mario Bros de la NES clásica en el Super Mario Advance, un juego que pretende ser el no va más del plataformeo y además, cabeza visible de una consola de última generación, no es un guiño. Es una astuta maniobra comercial en la que algunos picaríamos gustosos.
Porque a ver: ¿la nostalgia es buena o no? Pongo a Dios por testigo de que no tengo la más remota idea. Indudablemente, mucho no hace avanzar a la industria. Pero a mí me hace gracia que el noventa por ciento del catálogo de juegos de la Gameboy Advance sean remakes (de una fidelidad que da miedo en algunos casos) de clásicos de la Super Nintendo. Y me encanta esa inocencia perversa y magnética de los remakes para Pentium IV de los clásicos de Spectrum (un Manic Miner 3D o un Windows Paperboy no tienen ningún sentido más allá del que le puede encontrar un coleccionista terminal de iconos muertos y enterrados). Pero el futuro de los videojuegos no está ahí. El pasado tampoco, si me permiten, porque el fuste del Spectrum estaba en esas pixelaciones como vacas lecheras o esas sintonías infernales a golpe de beeper. ¿De qué sirve la nostalgia entonces, si ni recuerda el pasado tal como fue, ni nos lleva a ninguna parte más allá de una repetición más o menos placentera de esquemas aprendidos en tiempos mejores?
Particularmente, le encuentro dos utilidades a la nostalgia. La primera, que es una excusa perfecta para tirar por los cerros de Úbeda a la primera de cambio. Ejemplos a montones: el último y uno de los más perfectos ejemplos de juego que toma una experiencia nostálgica para hacer lo que le da la gana (por suerte) es Return to Castle Wolfenstein, que parte de un clásico semi-olvidado del universo pecero para superarlo y mejorarlo sin complejos, argumental y técnicamente. Atentos al detalle: sin complejos. A Return to Castle Wolfenstein no le importa decir: “eeeeh, sí, que entrañables aquellos primeros experimentos con la tresdé, pero mira, mira lo que hacemos ahora“. Y claro, ni punto de comparación. La segunda utilidad obvia para la nostalgia es la obvia, que podemos meternos en el bolsillo la nueva (ejem…) entrega del Earthworm Jim o jugar con el MAME tantas partidas al Crazy Climber que si lo hubiéramos hecho con dinero real en su día en el bar de la esquina hubiéramos tenido que empeñar hasta el último de nuestros Masters del Universo para poder pagar la deuda. Es decir, podemos revivir con las comodidas actuales lo que en aquellos tiempos era toda una proeza. Pero siempre está claro que jugar ahora al Donkey Kong es sólo una simulación: nada podrá volver a igualar los traqueteos a los mandos dobles del Crazy Climber o la primera risotada que lanzamos cuando el gusano Jim se voló a sí mismo la cabeza con su láser.
Yo, de momento, ya me he comprado el Pac-Man Collection para la GBA. Contiene el Pac-Man clásico (pixel a pixel), una versión del Tetris protagonizada (y sonorizada) por los fantasmas del original, el ya también clásico Pac-Mania (que quizás no lo recuerden, pero arrasó en su día en la Megadrive y en los agónicos 8 bits), y Pac-Man Arrangement (horrible nombre para un juego que no puede menos que recordar al mejor comecocos de todos los tiempos, ese Mad Mix Game del que todavía no me he desenganchado). Nostálgico sí. Pero con criterio. Awk-awk-awk, si me disculpan,